lunes, 21 de noviembre de 2011

Relatos verosímiles (17): Biografía paterna (Carlos Parejo)


Recesvinto tuvo una madre temible. Cuando salían a la calle, lo sentaba en lo alto de las mesas de los bares, apoyado en la pared, y le decía: ¡Ni te muevas, ni hables, o te zurro¡ Así hasta que cumplió once años.

Entonces lo puso a trabajar de repartidor de correspondencia en la sucursal bancaria del barrio. Le pasaba revista a la salida y vuelta al cuartel-hogar. Debía estar perfectamente afeitado, peinadito con la raya muy recta, la corbata bien atada y hecha, y los dientes y las uñas limpios y brillantes como el coral de Australia. Además, no le dolían prendas en castigarlo - sin salir el fin de semana-, si no le entregaba hasta el último céntimo de su paga, se equivocaba en alguna dirección o perdía una carta. Al cumplir la mayoría de edad se casó rápidamente y emigró al sur. Cinco hijos. Un millón de kilómetros en coche viajando como comercial de tejidos por toda la piel de toro. Y como si todo lo hubiera soñado, se jubiló.

Su misérrima pensión lo hizo dependiente de su hija mayor. Y, sin comerlo ni beberlo, a los ochenta años vio resucitar los miedos de su infancia. Todas las mañanas debía pasar revista de sus perfectas condiciones de higiene y limpieza, y tomarse los seis medicamentos diarios recetados por el médico de cabecera, antes de que ella se marchara a trabajar. Y, por las tardes, debía comer deprisa y permanecer callado mientras su primogénita veía la telenovela y corregía exámenes de alumnos. A las siete lo sacaba a pasear. Todos los días daban una vuelta rutinaria por las calles peatonales del barrio. Lo hacía sentar en el mismo banco mientras ella charlaba con las amigas. A las diez debía estar cenado y acostado. Tenía tajantemente prohibido salir sólo de casa y, mucho menos, conducir el vehículo aburridamente aparcado en la puerta del bloque.



© Carlos Parejo Delgado

5 comentarios:

maduixeta dijo...

Que triste...

Milena dijo...

Es verdad, es muy triste. A los ochenta años y después de toda una vida.... uno, debería permitirse resucitar sus sueños !!

Vivian dijo...

Tristemente hermoso, y tristemente cierto. Siempre le he temido a la vejez, a ser llevada a esos geriátricos, con dentaduras adentro de los vasos, donde sólo te bañan los domingos a la mañana porque saben que podrá venir un familiar (con un poco de suerte)
Al final volvemos a ser niños, a depender de otros, a esperar la muerte como si con ello volviéramos al vientre materno, esta vez convertido en tierra.
Me ha gustado muchísimo este texto, como texto, hasta puedo imaginarlo repartiendo las cartas con su raya muy recta.
Besos Rafita.

Anónimo dijo...

O digo que es casi verídico

rosa_desastre dijo...

Mientras leo, miro a mi madre sentada a mi lado. Tiene casi noventa y cuatro años. Yo soy su guardadora-cuidadora... cada dia es un renglón para escribir a medias la historia. No hay palabras.