jueves, 2 de mayo de 2013

1 de mayo en Huelva


Avanza la manifestación del 1 de mayo por las calles de Huelva. O, para ser más exactos, la convocada por los sindicatos mayoritarios; la de los minoritarios discurre por un itinerario diferente -nunca alcanzaré a entender los motivos de esta aberrante división sindical; menos en estos tiempos de emergencia que sufrimos los trabajadores y los ciudadanos en general a causa del brutal avance de los postulados neofascistas esgrimidos con inusitada violencia por los paladines y sicarios del totalitarismo financiero.

De cuando en cuando, surgen entre la multitud tímidas consignas que se me antojan estériles porque los que deberían escucharlas están sordos y ciegos al lamento agonizante de los desposeídos. En esta España que ha vuelto a ser -tal vez nunca ha dejado de serlo- aquella que tan acertadamente describió Antonio Machado, ha sido secuestrada la palabra y, en tanto no logremos liberarla del zulo de la incomunicación y las mordazas, no podrá ser ese arma cargada de futuro que nos dijo Celaya.

Ya cerca del final de su recorrido, el largo cortejo es recibido por un hombre mayor o puede que hombre-anuncio o que poema. Rondará los 70 y su atuendo, raído por el tiempo, llama la atención, más que por otra cosa, por su esmerada limpieza. Porta un cartel en el que, con cuidada caligrafía, diserta acerca de la insolidaridad, de la indiferencia, de la invisibilidad de la que adolecen los abatidos. Se me antoja que más que pedir limosna, lo que pretende es que alguien le confirme de algún modo que aún existe. Cuando están terminando de pasar los últimos manifestantes apenas si ha recibido un par de miradas de soslayo. En este punto, casi punto y final, una pareja joven se detiene a charlar con este hombre-expresión de nuestra detestable indolencia. Por sus gestos, intuyo que el hombre-dignidad y bofetada sin manos no les es desconocido. Antes de despedirse, la chica deja un euro en una pequeña caja de cartón que el hombre invisible sostiene con firmeza en su mano izquierda. Me acerco y mantengo una breve conversación con él, en la que, torpemente, trato de darle ánimos. En el instante de marcharme dejo un euro en la cajita de cartón, que me agradece serenamente. En tanto voy alejándome, no puedo evitar pensar que tenemos la batalla y hasta la guerra casi definitivamente perdidas.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Hay tantos casos aislados indignantes que quedan fuera del cuidado de papá sindicato. Y más ahora en que hay más trabajadores autónomos -qué risa- que asalariados