lunes, 16 de octubre de 2017

Hogar, dulce hogar, los paisajes domésticos (14): La mansión del Rey de Tiro (Fenicia) (Siglo 8 A.C.). Parte Primera. (Carlos Parejo)


Mi palacio ocupa el lugar culminante de las altas edificaciones que, a modo de anfiteatro, rodean el puerto comercial de la península de Tiro y sus muelles. Cada amanecer contemplo las novedades de buques que entran y salen desde una audaz terraza que sirve de atalaya para avizorar el horizonte. Mientras, mi guarda-astros me lee lo halagüeño o funesto de mi horóscopo diario. El tocado, la túnica y el manto revelan la identidad de los pasajeros que pasean por los muelles o se aprestan a embarcar o desembarcar. Cuando suena el clarín y una vez entonado los himnos al Dios de las cosechas y a la Diosa de los Mares, comienzan las visitas de protocolo en mi sala de audiencias.

Un ujier las anuncia tocando por tres veces un triángulo y nombrándolas con sus títulos. Aún así, mi mayor esfuerzo consiste en conocer a cada cual por el cordón dignatario que lleva al cuello o la insignia que lleva bordada en su túnica: el ecónomo de la flota, el General de los ejércitos, el jefe de los mercaderes de vino…Todos cumplen con el protocolo de reverencias y modos de dirigirse a mi persona, lo que no deja de ser repetitivamente aburrida. Servidumbres de la Corte.

Las horas del almuerzo y la sobremesa las pasamos en el comedor real. Como mandatario supremo, ocupo la tarima más elevada de la sala, en una de cuyas literas o reclinatorios –de cedro y marfil– me acomodo al modo asirio, tumbado y con un brazo flexionado por el codo y con la cabeza en alto. Mi mujer legítima ocupa la de la diestra, en una litera situada algo inferior. Y las concubinas, las de la siniestra, aún más bajas y ordenadas según su antigüedad en el harén. Los esclavos, situados justo detrás, no cesan de mover sus grandes abanicos de plumas de avestruces, hasta la madrugada, para asegurar el viento fresco que no siempre acompaña a las brisas marinas. Los camareros me sirven con vajilla de oro, y cuando no deseo más de cada plato, éstos van pasando a manos de mis mujeres, para que den cuenta de sus sobras.

Para saber más: NUÑEZ ALONSO, ALEJANDRO. Sol de Babilonia. Planeta. Barcelona. 1967.

(¢) Carlos Parejo Delgado

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